CONGRESSO IAF-IFA (International of Anarchist Federations)
12:32 @ 01/07/2008
CONGRESSO IAF-IFA (International of Anarchist Federations)
IFA: Congresso na Itália-2008
(Carrara de 4 a 6 de julho de 2008)
Esse ano realizaremos o Congresso Internacional Anarkista no mês de Julho,
para marcar o 40º aniversário de fundação do IFA-IAF, em 1968, e para esta
ocasião nós voltaremos novamente a seu lugar de nascimento, Carrara,
verdadeiramente um baluarte de anarkismo (anarchism) na Itália, e no mundo
inteiro. Muitas coisas mudaram depois de quatro décadas de
internacionalismo anarkista. Tantos aliás, de um ponto de vista político,
que nós parecemos viver num mundo diferente. Levando em conta que, a
necessidade para uma luta libertária e de solidariedade internacional é
hoje como como sempre foi uma necessidade premente. A Guerra Fria e
Socialismo Real faliram e são coisas do passado, capitalismo espalhou por
todo o planeta um sentimento contra-revolucionário (unchallenged) e as
fronteiras são agora, mais que nunca, barreiras inquebráveis que
reivindicam a vida de milhares a cada ano, no estreito de Gibraltar ou no
deserto de texano. Muito melhor que há quarenta anos, quando uma cortina
de ferro dividia o mundo de leste a oeste, só que desta vez separa o norte
do sul. E hoje, como há quarenta anos, anarquistas no mundo inteiro
continuam acumulando as ferramentas para opor-se este sistema injusto, as
ferramentas para formar um melhor mundo, um mundo libertário. FIA-IAF é um
dessas ferramentas.
Em 1968, depois das experiências do Maio francês e da Primavera de Praga,
delegados das Federações Anarquista então existentes na Europa se
encontraram em Carrara. Vieram a Federação Francofóna, a FAI italiana, a
Federação Ibéria, no exilo de uma ditadura fascista, e a Federação
Búlgara, também forçada a um exílio por um regime autoritário, neste caso
um Comunista. Sabendo perfeitamente bem que as lutas dos trabalhadores por
liberdade e justiça são as mesmas em toda parte do mundo, nenhuma questão
ou que tipo de governo que eles têm que encarar, decidiram não reconhecer
as fronteiras de e declarar sua solidariedade mútua, no espírito do
internacional e humanitário (no sentido de ser extensivo a toda raça
humana) compromisso que sempre foi a fundação de anarkismo.
Hoje, IFA-IAF continua a manter o mesmo espírito de solidariedade e
internacionalismo que viam sua criação, mas está agora muito maior e com
uma organização melhor estruturada, como assenta o crescimento do
movimento de anarquista no nível internacional. Este desenvolvimento é não
só quantitativo mas, o que é mais importante, é também qualitativo,
unindo, todos nós que somos parte deste, mantemos novas maneiras
inventando formas dessa solidariedade internacional, superando as grandes
distâncias geográficas e as mentiras, às vezes entre nós, e as barreiras
que os governos tentam criar para entre um e o outro. As formas que esta
solidariedade pode tomar são tão ilimitadas quanto nossa imaginação os
terá: de se apoiar contra a repressão, à coordenação de iniciativas, ajuda mútua a projetos de auto-gestão, compartilhando conhecimento e recursos, etc. E isto não é limitado às Federações que oficialmente fazem parte de IFA-IAF, mas também é estendido a muitos outros grupos com quem nós mantemos contato, a todo esses que se esforçam para um futuro libertário para o planeta inteiro.
Em julho nós tomaremos outro passo em formar esta ferramenta no serviço
dos anarquistas do mundo. Encontraremos com camaradas de muitas partes do
globo: de Belarus e Argentina, Bulgária, Turquia, França, México e Itália,
naturalmente, Uruguai, do Reino Unido e Venezuela, para somente mencionar
alguns. Dedicaremos atenção especial ao desenvolvimento do movimento
libertário em países fora do "mundo ocidental" e esperamos que para fora
deste congresso novas iniciativas sairão que contribuirão com seu
crescimento. Outras temas discutidos serão: imigração, anarchofeminism,
religião, etc. Embora nada jamais possa substituir o trabalho que milhares
de anarquistas executam todos os dias em cada canto do globo, nas ruas, em
suas vizinhança e locais de trabalho, espalhando idéias libertárias e de
construção de baixo para cima da anarkia, nós estamos seguros que essas
coordenações e solidariedades internacionais podem ajudar na tarefa. Ou,
ao menos, é bom lembrar nos que somos muitos e estamos em toda parte.
Se quiser mais informação ou simplesmente entrar em contacto você envia um
email
IAF-IFASecretariat@riseup.net
ou
www.iaf-ifa.org
Vida longa a luta internacional das pessoas do mundo!
LONGA VIDA À ANARKIA!!!
Secretário de IFA-IAF.
.....................
O COLETIVO LIBERTÁRIO
Lembre Sempre:
ANARKIA NÃO É BAGUNÇA!
E-mail:
cldvulg1985(at)yahoo.com.br
Blog:
http://www.grupos.com.br/blog/ocoletivolibertario/
Escrito contra Marx
11:50 @ 14/07/2008
Escrito contra Marx.
- por Mikhail Bakunin
(…) una
explotación y necesariamente, también, para una comprensión solidaria a
través de todas las diferencias políticas actualmente existentes entre
muchos Estados.
Siendo la explotación burguesa solidaria, la
lucha contra ella también debe serlo; y la organización de esta
solidaridad militante entre los trabajadores del mundo entero es el
único fin de la Internacional. Este objetivo tan simple y tan bien
expresado por nuestros primeros estatutos generales, los únicos
legítimos y los únicos obligatorios para todos los miembros, secciones
y federaciones de la Internacional, ha reunido bajo la bandera de esta
Asociación, en el lapso de ocho años apenas, mucho más de un millón de
adherentes y la ha convertido en una verdadera potencia; una potencia
con la cual los monarcas más poderosos de la tierra se ven, hoy en día,
obligados a contar.
Pero toda potencia atrae a los ambiciosos
y el señor Marx y compañía, que pareciera que jamás se han dado cuenta
de la naturaleza y las causas de esta potencia a la vez tan joven y tan
prodigiosa de la Internacional, se han imaginado que podrían hacer de
ella un trampolín o un instrumento para la realización de sus
pretensiones políticas. Marx, que ha sido uno de los iniciadores de la
Internacional -he aquí un titulo de gloria que nadie podrá discutirle-
y que durante ocho años ha constituido prácticamente solo todo el
Consejo general, hubiera debido comprender sin embargo, mejor que
nadie, dos cosas que saltan a la vista, y que sólo la ceguera inherente
a la ambición vanidosa ha podido hacerle desconocer:
1.° Que
la Internacional no ha podido desenvolverse y extenderse de una manera
tan maravillosa sino porque ha eliminado de su programa oficial y
obligatorio todas las cuestiones políticas y filosóficas; y 2.° que no
ha podido hacerlo sino porque, fundada principalmente en la libertad de
las secciones y las federaciones, carecía de todos los beneficios de un
gobierno centralizador, capaz de dirigir, es decir, de impedir y
paralizar, su desenvolvimiento; no habiendo sido el Consejo general
hasta 1870 precisamente en el período de mayor desarrollo de la
Asociación más que una especie de rey Yvetot, que siempre razonaba
después de golpear, y se dejaba llevar, no por falta de pretensiones
ambiciosas sino por impotencia y porque nadie le hubiera escuchado, a
remolque del movimiento espontáneo de los trabajadores de Bélgica,
Francia, Suiza, España e Italia.
En cuanto a la cuestión
política, todo el mundo sabe que, si ha sido eliminada del programa de
la Internacional, ello no es en absoluto responsabilidad del señor
Marx. Como podía esperarse de parte del autor del famoso programa de
los comunistas alemanes, publicado en 1848 por él y su amigo, su
confidente, su cómplice, el señor Engels, no ha dejado de plantear esta
cuestión en primer término en la proclamación inaugural publicada en
1864 por el Consejo general provisional de Londres, proclamación de la
cual Marx ha sido el único autor. En esta proclama o circular dirigida
a los trabajadores de todos los países, el jefe de los comunistas
autoritarios de Alemania no ha vacilado en declarar que la conquista
del poder político era el primer deber de los trabajadores; en ella
incluso ha puesto de manifiesto su tendencia pangermanista, agregando
que actualmente el fin político principal de la Asociación
Internacional de Trabajadores debía ser combatir contra el Imperio de
todas las Rusias, fin sin duda muy legítimo y noble -al cual como amigo
del pueblo ruso que soy suscribo con todo mi corazón, persuadido como
estoy de que ese pueblo no dejará de ser in miserable esclavo, mientras
ese Imperio exista-, pero que en principio no debería convertirse, sin
desnaturalizar completamente su carácter y objeto, en el de la
Asociación Internacional de Trabajadores, y que, en segundo lugar, para
ser planteado de una manera verdaderamente justa, seria y útil para la
causa de los trabajadores, debería determinarse de otra manera.
Si Marx hubiera declarado la guerra a todos los estados, o al menos a
los estados monárquicos, despóticos, militares, como los de Prusia,
Austria, como la Francia Imperial o incluso la actual Francia
republicana, si hubiera dicho que era necesario poner en primer lugar
entre ellos al Estado Modelo, el Imperio de todas las Rusias, no
hubiéramos podido acusarle de pangermanismo. Pero haciendo abstracción
del despotismo alemán, un despotismo muy insolente, muy brutal, muy
glotón, y excesivamente amenazante para la libertad de los pueblos
vecinos, como todo el mundo puede verlo hoy en día, y esforzándose por
volver la indignación de los trabajadores de todos los países contra el
despotismo ruso, con exclusión de todos los otros, pretendiendo
inclusive que era la única causa de aquello que siempre ha reinado en
Alemania desde que ésta existe atribuyendo en fin, todas las vergüenzas
y todos los crímenes políticos de ese país de la ciencia y la
obediencia proverbiales a las inspiraciones de la diplomacia rusa, Marx
se ha manifestado en principio como un historiador muy deficiente y
poco verídico, y además, no como un revolucionario socialista
internacional, sino como un ardiente patriota de la gran patria de
Bismarck.
Se sabe que el primer Congreso de la Internacional,
que tuvo lugar en Ginebra en 1866, ha hecho justicia a todas esas
veleidades políticas y patrióticas de aquel que se constituye hoy en
día en dictador de nuestra gran asociación. Nada de ello ha quedado en
el programa ni en los estatutos votados por ese Congreso, y que
conforman en lo sucesivo la base de la Internacional. Tomaos el trabajo
de releer los magníficos considerandos que se encuentran a la cabeza de
nuestros estatutos generales, y no encontraréis más que estas palabras
en que se hace mención a la cuestión política.
“Considerando:
Que la emancipación de los trabajadores debe ser la obra de los mismos
trabajadores; que los esfuerzos de los trabajadores por conquistar su
emancipación no deben tender a constituir nuevos privilegios, sino a
establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes.
Que el sometimiento del trabajador al capital es la fuente de toda servidumbre: política, moral y material.
Que, por esta razón, la emancipación económica de los trabajadores es
el gran objetivo al cual debe subordinarse todo movimiento político,
etc.”
He aquí la frase decisiva de todo el programa de la
Internacional. Ella ha “cortado el cable”, para servirme de la
expresión memorable de Siéyes, ha quebrado los lazos que encadenaban al
proletariado a la política burguesa. Reconociendo la verdad que expresa
y profundizándola cada día, el proletariado ha vuelto resueltamente la
espalda a la burguesía, y en lo sucesivo cada paso que avance
acrecentará el abismo que los separa.
La Alianza, sección de
la Internacional en Ginebra, ha traducido y comentado ese párrafo de
los considerandos en los siguientes términos:
“La Alianza
rechaza toda acción política que no tenga por objetivo inmediato y
directo el triunfo de los trabajadores sobre el capital”, en
consecuencia, se pronuncia por la abolición del Estado, de todos los
Estados, y la organización de la “asociación universal de todas las
asociaciones locales por la libertad”.
Por el contrario, el
Partido de la democracia socialista de los obreros alemanes, fundado en
el mismo año (1869) bajo los auspicios del señor Marx, por los señores
Liebknecht y Bebel, anunciaba en su programa que la conquista del poder
político era la condición previa de la emancipación económica del
proletariado, y que en consecuencia el objeto inmediato de ese partido
debía ser la organización de una amplia agitación legal para la
conquista del sufragio universal y de los demás derechos políticos; su
objetivo final es el establecimiento del gran Estado pangermánico y
autodenominado popular.
Entre esas dos tendencias, como vemos,
existe la misma diferencia, el mismo abismo que entre el proletariado y
la burguesía. ¿Puede sorprendernos, después de esto, que ellas se hayan
reencontrado en la Internacional como dos adversarios irreconciliables,
y que continúen combatiéndose bajo todas las formas y en todas las
ocasiones posibles, inclusive hoy en día? La Alianza, tomando en serio
el programa de la Internacional, había rechazado con desprecio toda
transacción con la política burguesa, por radical que se diga y por
socialista que se proclame, recomendando al proletariado como la única
vía de emancipación real, como la única política verdaderamente
saludable para él, la política exclusivamente negativa de la demolición
de las instituciones políticas, del poder político, del gobierno en
general, del Estado, y, como consecuencia necesaria, la organización
internacional de las fuerzas dispersas del proletariado en una potencia
revolucionaria dirigida contra todos los poderes constituidos de la
burguesía.
Los demócratas socialistas de Alemania recomiendan,
muy por el contrario, a los trabajadores que tienen la desdicha de
escucharlos, adoptar, como fin inmediato de su asociación, la agitación
legal para la conquista previa de los derechos políticos; subordinan,
en consecuencia, el movimiento de la emancipación económica al
movimiento en principio exclusivamente político y, con esa ostensible
inversión de todo el programa de la Internacional, han anulado de un
solo golpe el abismo que la misma había abierto entre el proletariado y
la burguesía. Pues es evidente que todo este movimiento político
predicado por los socialistas de Alemania, dado que debe preceder a la
revolución económica, no podrá ser dirigido más que por burgueses, o,
lo que sería aún peor, por obreros transformados por su ambición o por
su vanidad en burgueses y pasando en realidad, como todos sus
predecesores, por encima del proletariado, ese movimiento lo condenará
nuevamente a no se más que un instrumento ciego e infaliblemente
sacrificado en la lucha de los diferentes partidos burgueses entre sí
por la conquista del poder político, es decir, del poder y del derecho
a dominar sobre las masas y explotarlas. A quien pudiera dudarlo, le
mostraríamos lo que ocurre hoy en Alemania, donde los órganos de la
democracia socialista cantan himnos de alegría viendo a un congreso de
profesores de economía política burguesa encomendar al proletariado de
Alemania a la alta y paternal protección de los Estados, y en las pares
de Suiza donde prevalece el programa marxista, en Ginebra, en Zurich y
en Basilea, donde la Internacional ha descendido hasta el punto de no
ser más que una especie de urna electoral en provecho de burgueses
radicalizados. Esos hechos incontestables me parecen más elocuentes que
todas las palabras.
Pero son reales, y son lógicos, en el
sentido de que aparecen como un efecto natural de triunfo de la
propaganda marxista y es por eso que combatimos la teoría marxista a
ultranza, convencidos de que si los marxistas pudieran triunfar en toda
la Internacional, no vacilarían en acabar con su espíritu, como lo ha
hecho ya en gran parte en los países que acabo de citar.
Hemos
deplorado mucho, sin duda, y continuamos deplorando profundamente hoy,
la inmensa perturbación y desmoralización que esas ideas pangermánicas
han provocado “en el desenvolvimiento tan bello, tan maravillosamente
natural y triunfante de la Internacional. Pero ninguno de nosotros ha
soñado jamás prohibir a Marx ni a sus fanáticos discípulos propagarlas
en el seno de nuestra gran Asociación. Hubiéramos creído faltar a su
principio fundamental, que es el de la libertad más absoluta de la
propaganda, tan política como filosófica.
La Internacional, no
admite censura, ni verdad oficial en nombre de la cual se pudiera
ejercer esta censura; no las admite porque nunca hasta ahora se ha
comportado como Iglesia, ni como Estado, y es precisamente por no
haberlo hecho, que la rapidez increíble de su extensión y su
desenvolvimiento han podido asombrar al mundo.
He aquí lo que
el Congreso de Ginebra, mejor inspirado que el señor Marx, habría
comprendido. Eliminando de su programa todos los principios políticos y
filosóficos, no como objetos de discusión y de estudio, sino en tanto
que principios obligatorios, ha fundamentado la fuerza de nuestra
Asociación.
Es cierto que en segundo Congreso de la
Internacional, realizado en 1867 en Lausana, amigos desafortunados, no
adversarios, que no se daban cuenta aún de la verdadera naturaleza de
poder de esta Asociación, han intentado volver a poner sobe el tapete
la cuestión política. Pero muy felizmente sólo concluyeron con esta
declaración platónica, que la cuestión política era inseparable de la
cuestión económica, una declaración que cada uno de nosotros puede
suscribir, ya que es evidente que la política, es decir la institución
y las relaciones mutuas de los Estados, no tienen otro objeto que
asegurar a las clases gobernantes la explotación legal del
proletariado, de lo cual resulta que, desde el momento en que el
proletariado quiere emanciparse, está obligado a considerar la
política, para combatirla y derribarla. No la entienden así nuestros
adversarios; lo que ellos han querido y quieren es la política
positiva, la política del Estado. Pero al no haber encontrado terreno
favorable en Lausana, sabiamente, se han abstenido.
La misma
sabiduría les ha inspirado un año más tarde en el Congreso de Bruselas.
Por otra parte, Bélgica, con su historia comunalista, antiautoritaria y
anticentralista, no les ofrecía ninguna oportunidad de éxito y, una vez
más, se han abstenido sabiamente.
¡Tres años de derrotas! Esto
era demasiado para la ambición impaciente del señor Marx. Por ello
ordenó a su ejercito un ataque directo, que se ejecutó efectivamente en
el Congreso de Basilea (1869). La oportunidad le parecía favorable. El
Partido de la democracia socialista había tenido tiempo de organizarse
en Alemania bajo la dirección de Liebknecht y Bebel, había extendido
sus ramificaciones por la Suiza alemana, Zurich, Basiela, e incluso por
la sección alemana de Ginebra. Era la primera vez que los delegados
alemanes se presentaban en tan gran número a un Congreso de la
Internacional. El plan de batalla, aprobado por Marx, el general en
Jefe de Ejército, había sido combinado Liebknecht, jefe del cuerpo
alemán, y Bürkli y Greulich, comandantes del cuerpo suizo; Amand Goegg,
Philippe Becker y Rittinghausen -el inventor de la votación directa de
leyes y de constituciones por el pueblo, el tudesco plebiscitario-, se
alienaban junto a ellos como auxiliares voluntarios. Además, estaban de
su lado algunos alemanes del Consejo general, adheridos a la política
del señor Marx, y algunos ingleses del mismo Consejo completamente
ignorantes de la cuestión, pero que votaron con los marxistas siguiendo
una mala costumbre que hoy en día parece haberse superado completamente.
Así organizados, los marxistas libraron la gran batalla y la perdieron.
La cuestión de la legislación directa por el pueblo, presentada por
Bürkli, defendida con mucho calor y mucha insolencia contra nosotros
por Liebknecht, con muchas reticencias diplomáticas por Philippe
Becker, que nunca gusta de pronunciarse claramente antes de saber a qué
bando corresponderá la victoria, y con un énfasis heroico por Amand
Goegg, fue enterrada y eliminada en la confección del programa del
Congreso. Constituyó una derrota memorable para Marx, una derrota que
no nos perdonará jamás.
Su cólera fue muy grande, y aún hoy no se conocen todas sus consecuencias.
A partir de septiembre de 1869 el Consejo general -o más bien Marx,
Quos ego de ese pobre Consejo-, saliendo de su sopor obligado y tan
saludable para la Internacional, emprende una política militante.
Sabemos cómo se manifiesta en principio. Fue un torrente de injurias
innobles y de calumnias odiosas vertidas contra todos aquellos que
habían osado combatirla, y propaladas por los diarios en Alemania y en
otros países, por medio de cartas íntimas, circulares confidenciales, y
toda clase de agentes ganados de una u otra manera para la causa del
señor Marx. Vino inmediatamente la Conferencia de Londres (septiembre
de 1871) que, preparada de antemano por Marx, votó todo lo que él
quiso: la cuestión política, la conquista del poder por el proletariado
como parte integrante del programa obligatorio de la Internacional, y
la dictadura el Consejo general, o lo que es lo mismo: la de Marx en
personal, y en consecuencia, la transformación de la Internacional en
un inmenso y monstruoso Estado, del cual él vino a ser el Jefe.
Al impugnarse la legitimidad de esta conferencia, Marx, prestidigitador
político muy hábil, empeñado en probar al mundo que, a falta de
Chassepots y de cañones, se podía gobernar a las masas con la mentira,
con la calumnia, con la intriga, organizó su Congreso en la Haya.
Apenas habían pasado dos meses desde este Congreso, y en toda Europa
-menos Alemania donde los obreros son sistemáticamente enceguecidos por
sus jefes, y por sus diarios, cuyos redactores están comprometidos con
la mentira- en todas las Federaciones libres, belga, holandesa,
inglesa, americana, francesa, española, italiana, sin olvidar nuestra
excelente Federación del Jura, sólo había un grito de indignación y
desconfianza contra esta cínica comedia a la que se había osado dar el
nombre de un Congreso de la Internacional. Gracias a una mayoría
ficticia, compuesta casi exclusivamente por miembros del Consejo
general, de alemanes disciplinados a la prusiana, y de blanquistas
franceses ridículamente manejados por Marx, todo fue allí tergiversado,
falsificado, brutalizado, y violado: justicia, buen sentido,
honestidad. Allí se ha inmolado sin vergüenza, sin piedad, el honor de
la Internacional, se ha puesto en juego su existencia misma, a fin de
afirmar mejor y sin dudas el poder dictatorial del señor Marx. No era
solamente un crimen, sino una locura. ¡Y Marx, que se considera a si
mismo como el padre de la Internacional y que ha sido indiscutiblemente
uno de sus principales fundadores, ha permitido que todo esto
ocurriera! He aquí a donde conducen la vanidad personal, la adoración
de sí mismo, y sobre todo la ambición política. Con todos estos hechos
y actos deplorables de los cuales ha sido la gran fuente de inspiración
y el único autor, Marx, al menos, ha prestado un gran servicio a la
Internacional, demostrándole de una manera completamente dramática y
vívida que si alguna cosa pudo matarla, es la introducción de la
política en su programa.
La Asociación Internacional de
Trabajadores, he dicho, no ha alcanzado una inmensa extensión sino
porque ha eliminado de su programa obligatorio todas las cuestiones
políticas y filosóficas. La cosa es tan clara que nos sorprende
verdaderamente que todavía debamos probarla.
No creo que haya
necesidad de demostrar que para que la Internacional sea y siga siendo
una potencia, debe ser capaz de incluir en su seno y de abrazar y
organizar a la inmensa mayoría del proletariado de todos los países de
Europa y América. Pero ¿cuál es el programa político y filosófico que
pueda jactarse de reunir a millones bajo su bandera? Sólo un programa
excesivamente general es decir, indeterminado y vago, puede hacerlo,
pues toda determinación en teoría corresponde fatalmente a una
exclusión, a una eliminación en la práctica.
Por ejemplo, no
puede haber hoy en día una filosofía seria que no tome como punto de
partida, no positivo sino negativo (devenido históricamente necesario,
como negación de los absurdos teológicos y metafísicos) el ateismo.
¿Pero podemos creer que si se hubiera escrito esta simple palabra,
“ateismo”, sobre la bandera de la Internacional, esta asociación
hubiera llegado a reunir en su seno algunas centenas de miles de
adherentes? Todo el mundo sabe que no; no porque el pueblo sea
realmente religioso; sino porque cree serlo; y creerá serlo en tanto
que una buena revolución social no le proporcione los medios de
realizar todas sus aspiraciones aquí abajo. Es cierto que si la
Internacional hubiera puesto el ateísmo como un principio obligatorio
en su programa, hubiera excluido de su seno a la flor del proletariado,
y por esa palabra yo no entiendo, como lo hacen los marxistas, el
estrato superior, más civilizado y más esclarecido del mundo obrero,
ese estrato de obreros casi burgueses de los cuales ellos quieren
precisamente servirse para construir la cuarta clase gubernamental, y
que es verdaderamente capaz de conformarla, si no se les controla en el
interés de la gran masa del proletariado, porque, con su bienestar
relativo y casi burgués, está, por desgracia, profundamente penetrado
por todos los prejuicios políticos y sociales y las estrechas
aspiraciones y pretensiones de los burgueses. Se puede decir que este
estrato es el menos socialista, el más individualista de todo el
proletariado.
Por flor del proletariado entiendo sobre todo
esa gran masa, esos millones de no civilizados, de desheredados, de
miserables y analfabetos que Engels y Marx pretenden someter al régimen
paternal de un gobierno muy fuerte, sin duda como han sido establecidos
todos los gobiernos, más para su propia salud que en el propio interés
de las masas. Por flor del proletariado entiendo precisamente esta
carne de gobierno eterno, esta gran canalla popular, que siendo casi
virgen de toda civilización burguesa, lleva en su seno, en sus
pasiones, en sus instintos, en sus aspiraciones, en todas las
necesidades y miserias de su posición colectiva, todos los gérmenes del
socialismo del futuro, y que por sí sola es lo suficientemente poderosa
hoy en día como para inaugurar y hacer triunfar la Revolución social.
Y bien, en casi todos los países, esta canalla, en tanto que masa,
rehusaría adherirse a la Internacional si hubiéramos escrito en su
bandera, como consigna oficial, la palabra ateísmo. Y este sería un
prejuicio demasiado grande pues, si volviera la espalda a la
Internacional, lo haría con toda la potencia de nuestra gran Asociación.
Ocurre absolutamente lo mismo con todos los principios políticos. No
existe uno solo -por más que luchen Marx y Engels no cambiarán ese
hecho que es hoy patente en todos los países- no existe ningún
principio político, digo, que sea capaz de movilizar a las masas.
Fracasaron, después de una experiencia de algunos años, inclusive en
Alemania. Lo que las masas quieren en todas partes, es su emancipación
económica inmediata, pues es allí donde realmente reside para ellas la
cuestión de la libertad, de la humanidad, de la vida o la muerte. Si
hay todavía un ideal que las masas hoy en día puedan adorar con pasión,
es el de la igualdad económica. Y las masas tienen mil veces razón,
pues mientras la igualdad económica no haya reemplazado al régimen
actual, todo el resto, todo lo que constituye el valor y la dignidad de
la existencia humana, libertad, ciencia, amor, acción inteligente y
solidaridad fraternal, seguirá siendo para ellas una horrible mentira.
La pasión instintiva de las masas por la igualdad económica es tan
grande que, si pudieran esperar recibirla de manos del despotismo,
indudablemente y sin mucha reflexión, como lo hacen a menudo, se
entregarían al despotismo. Afortunadamente la experiencia histórica ha
servido de algo a las masas. Hoy comienzan en todas partes a comprender
que ningún despotismo puede tener ni la voluntad ni el poder de
dársela. El programa de la Internacional es felizmente muy explícito a
este respecto: La emancipación de los trabajadores no puede ser sino la
obra de los mismos trabajadores.
No es sorprendente que el
señor Marx haya creído posible insertar sobre esta declaración tan
precisa, tan clara, y que probablemente haya redactado él mismo, su
socialismo científico, es decir la organización y el gobierno de la
nueva sociedad por los socialistas eruditos, ¡los peores de todos los
gobernantes despóticos!
Gracias a esta querida gran canalla
popular que se opondrá por sí misma, impulsada por su instinto
invencible y justo, a todas las veleidades gubernamentales de la
pequeña minoría obrera ya disciplinada y encasillada como es necesario
transformarse en el soporte de un nuevo despotismo, el socialismo
ilustrado del señor Marx seguirá siempre en el estado de sueño
marxista. Esta nueva experiencia, más triste quizá que todas las
experiencias pasadas, será evitada a la sociedad, porque el
proletariado, en general y en todos los países, está animado hoy en día
de una desconfianza profunda contra lo que es política y contra todos
los políticos del mundo, sea cual sea su color, ya que todos por igual
les han engañado, oprimido, explotado, tanto los republicanos más rojos
como los monárquicos más absolutistas.
Con semejantes
disposiciones realmente presentes entre las masas, ¿cómo esperar que se
las pueda atraer con un programa político cualquiera? Y suponiendo,
como es en efecto el caso hoy día, que ellas se dejasen atraer a la
Internacional por otro incentivo, ¿cómo esperar que el proletariado de
todos los países, encontrándose en condiciones tan diferentes de
temperamento, de cultura, y de desarrollo económico, pueda uncirse al
yugo de un programa político uniforme? Al parecer, no sería posible
imaginarlo sin demencia. Pues bien, el señor Marx no se ha entretenido
solamente en imaginarlo, ha querido ejecutarlo. Rompiendo un golpe de
mano despótica el pacto de la Internacional, ha querido, pretende aún
hoy, imponer un programa político uniforme, su propio programa, a todas
las Federaciones de la Internacional, es decir, al proletariado de
todos los países.
Esto ha tenido como resultado un gran
desgarramiento en la Internacional. No hay que hacerse ilusiones, la
gran unidad de la Internacional ha sido puesta en cuestión, y esto, lo
repito una vez más, únicamente gracias al partido marxista que, por
medio del Congreso de La Haya, ha tratado de imponer el pensamiento, la
voluntad, la política de su jefe a toda la Internacional. Es evidente
que si las resoluciones del Congreso de la Haya debían ser consideradas
como la última palabra, o aunque más no fuera, como una palabra seria,
no falsificada, de la Internacional, nuestra grande y bella Asociación
no tendría más que una cosa por hacer: disolverse. Pues es necesario
ser realmente insensato para imaginarse que los trabajadores de
Inglaterra, de Holanda, de Bélgica, de Francia, del Jura, de Italia, de
España, de América, sin hablar ya de los trabajadores eslavos,
quisieran someterse ala disciplina marxista.
Y sin embargo, si
se cree, con los políticos de la Internacional de todas las clases, con
los jacobinos revolucionarios, los blanquistas, los demócratas
republicanos, sin olvidar los demócratas socialistas o marxistas, que
la cuestión política debe formar parte del programa de la
Internacional, será necesario confesar que Marx tiene razón. No
pudiendo la Internacional constituir una potencia más que siendo una,
será absolutamente necesario que su programa política sea uno, el mismo
para todos, pues de otra manera habría tantas Internacionales como
programas diferentes. Pero como evidentemente es imposible que los
trabajadores de tantos países diferentes se unan libre y
espontáneamente bajo un mismo programa político, y siendo la
Internacional hoy en día el instrumento necesario para la emancipación
del proletariado, y no pudiendo esta Internacional mantener su unidad
sino bajo la condición de reconocer un único programa político, será
necesario imponerlo. Para no aparentar imponerlo despóticamente, por un
decreto del Consejo general o marxista, será necesario chapucear un
Congreso marxista que, demostrando de una manera totalmente nueva
cuanto hay de verdad en el sistema representativo y en el sufragio
universal, en nombre de la voluntad libre de todos, decretará la
esclavitud de todos. Esto es en realidad lo que ha hecho el Congreso de
la Haya.
Este Congreso representó, para la Internacional, la
batalla y la rendición de Sedán, la invasión triunfante del
pangermanismo, no bismarkiano, sino marxista, imponiendo el programa
político de los comunistas autoritarios o demócratas socialistas de
Alemania y la dictadura de su jefe al proletariado de los demás países
de América y Europa. Para ocultar mejor su juego y para dorar un poco
la píldora, ese memorable Congreso ha montado en América un simulacro
de Consejo general, elegido y expurgado por Marx mismo, y que,
obedeciendo responsabilidades del poder, dejando a Marx, protegido por
su sombra, el ejercicio real del mismo.
Pues bien, declaro que
por repugnante que pueda parecer este juego a las almas delicadas y
timoratas, era absolutamente necesario desde el momento en que se había
admitido que la cuestión política debía estar determinada en el
programa de la Internacional. Desde que se reconoce como necesaria la
unidad de la acción política, y al no poder esperarse verla surgir
libremente del entendimiento espontáneo de las federaciones y secciones
de los diferentes países, ha sido necesario imponerla. Sólo así se ha
podido crear esa unidad política tan deseada y predicada, pero la mismo
tiempo se ha creado la esclavitud.
Resumo la cuestión:
introduciendo el asunto político en el programa obligatorio de la
Internacional, se ha puesto a nuestra Asociación ante un terrible
dilema, cuyos términos son:
O la unidad con la esclavitud
O la libertad con la división y la disolución
¿Cómo salir de él? Simplemente retornando a nuestros estatutos
generales primitivos, que hacen abstracción de la cuestión propiamente
política, dejando su desarrollo a la libertad de las federaciones y las
secciones. Pero entonces cada federación, cada sección, ¿seguirá la
dirección política que quiera? Sin duda. Pero entonces ¿se transformará
la Internacional en una torre de Babel? Al contrario, solamente
entonces constituirá su unidad real, económica en principio, y a
continuación necesariamente política, sólo entonces creará la gran
política de la Internacional, emanada no de un cerebro aislado,
ambicioso, muy ilustrado y no menos incapaz de abrazar las mil
necesidades del proletariado, por más materia gris que posea, sino de
la acción absolutamente libre, espontánea y simultánea de los
trabajadores de todos los países.
La base de esta gran unidad,
que se buscaría vanamente en las ideas filosóficas y políticas del día,
se encuentra dada por la solidaridad de los sufrimientos, de los
intereses, las necesidades y las aspiraciones reales del proletariado
del mundo entero. Esta solidaridad no debe ser creada, existe en los
hechos, constituye la vida propia, la experiencia cotidiana del mundo
obrero, y todo lo que resta es hacerla conocer y ayudarla a organizarse
conscientemente. Es la solidaridad de las reivindicaciones económicas.
Haberlo comprendido es, para mí, el único, pero al mismo tiempo, el
gran mérito de los primeros fundadores de nuestra Asociación, entre los
cuales me gusta recordarlos siempre, Marx ha jugado un papel útil y
preponderante, si prescindimos de algunas veleidades políticas y
alemanas que el Congreso de Ginebra ha eliminado sabiamente del
programa presentado.
Siempre he evitado referirme a Marx y a
sus numerosos colaboradores como los “fundadores” de la Internacional,
no porque, inspirado por un sentimiento mezquino cualquiera, intente
disminuir su mérito, al cual por el contrario me complazco mucho en
hacer justicia, sino porque realmente estoy convencido de que la
Internacional no ha sido obra suya, sino más bien la del propio
proletariado. Ellos fueron de cierta forma los parteros, no los
autores. El gran autor, inconscientemente como lo son ordinariamente
los autores de las cosas grandes, fue el proletariado, representado por
centenares de obreros anónimos, franceses, ingleses, belgas, suizos y
alemanes. Fue su vivo y profundo instinto de trabajadores
experimentados en la opresión y los sufrimientos inherentes a su
posición lo que les ha hecho encontrar el verdadero principio y el
verdadero fin de la Internacional: la solidaridad de las necesidades
como base ya existente y la organización internacional de la lucha
económica del trabajo contra el capital como el verdadero objetivo de
esta Asociación. Dándole exclusivamente esta base y este fin,
establecieron de un solo golpe todo el poderío de la Internacional.
Ellos abrieron ampliamente las puertas a todos los millones de
oprimidos y explotados de la sociedad actual, abstracción hecha de sus
creencias, de su grado de cultura y de su nacionalidad. Pues para
concebir el deseo y para tener el derecho de entrar en la
Internacional, conforme a sus estatutos primitivos, no ha sido
necesario no lo es hoy en día nada más que las condiciones que siguen:
1° Ser realmente un trabajador, es decir, experimentar realmente los
sufrimientos a los cuales el proletariado se encuentra sujeto en
nuestros días, o al menos, si se ha nacido en el seno de una clase
privilegiada, querer francamente, sin reticencias y sin segundas
intenciones ambiciosas, la plena emancipación del mundo obrero.
2° Comprender que esta emancipación no puede ser un hecho individual,
ni local, ni el hecho excepcional de un oficio aislado, cualquiera que
este sea, sino que sólo puede realizarse con la condición de abrazar en
una acción solidaria a los trabajadores de todas las ramas
industriales, comerciales y agrícolas, al proletariado de todas las
comunas, de todas las provincias, de todos los países, de todos los
continentes, y de formar en consecuencia una poderosa y real
organización de la solidaridad internacional de todos los trabajadores
explotados del mundo entero contra la explotación sistemática y legal
de todos los capitalistas y de todos los propietarios del mundo.
3° Comprender que las clases poseedoras, explotadoras y gobernantes no
harán nunca voluntariamente, por generosidad o por justicia, ninguna
concesión, por urgente que parezca y débil que sea, al proletariado;
porque ello va contra su naturaleza y precisamente contra su naturaleza
especial, de tal suerte que no hay un solo ejemplo en la historia de
que una clase dominante haya hecho tales sacrificios por su propia
voluntad, de que un privilegiado haya más consentido en hacer aún los
sacrificios más pequeños a menos de que, superado y amenazado en su
existencia misma por la potencia ascendente del proletariado, se haya
visto forzado a hacer concesiones. Que, en consecuencia, el
proletariado no debe esperar nada de la inteligencia, ni de la equidad
de los burgueses, y aún menos de su política, tanto la de los burgueses
radicalizados como la de los que se dicen socialistas, ni siquiera de
los representantes burgueses de la ciencia, y que la emancipación de
los trabajadores no puede ser sino exclusivamente la obra de los mismos
trabajadores, como se ha dicho al principio de nuestros considerandos.
Lo que quiere decir que los trabajadores no podrán realizar esta
emancipación ni conquistar sus derechos humanos sino mediante una dura
lucha, por la guerra organizada de los trabajadores del mundo entero;
4° Comprender que para triunfar mejor en esta guerra internacional, los
trabajadores de todos los países deben organizar internacionalmente su
potencia solidaria, y que ese es el verdadero, el único fin de la
Asociación Internacional de los Trabajadores.
5° Comprender
que ya que esta organización no tiene otro objeto que la emancipación
de los trabajadores por ellos mismos, no puede estar constituida sino
directa e inmediatamente por ellos mismos, por su propia acción
espontánea, es decir, de abajo hacia arriba, por la vía francamente
popular de la federación libre, fuera de todas las combinaciones
políticas de los estados, y no de arriba hacia abajo, a la manera de
los gobiernos más o menos centralizadores, aristocráticos y burgueses.
6° Comprender que, desde que el proletariado, el trabajador manual, el
peón, es el representante histórico del primero y del último esclavo
sobre la tierra, su emancipación es la emancipación de todo el mundo,
su triunfo es el triunfo final de la humanidad; y que, en consecuencia,
la organización del poder del proletariado de todos los países por la
Internacional y la guerra que ella promueve contra todas las clases
explotadoras y dominantes no puede tener por objeto la constitución de
un nuevo privilegio, de un nuevo monopolio, de una clase o de una
dominación nuevas, o de un nuevo Estado, sino el establecimiento de la
libertad, de la igualdad y de la fraternidad de todos los seres
humanos, sobre las ruinas de todos los privilegios, de todas las
clases, de todas las explotaciones, de todas las dominaciones; en una
palabra, de todos los Estados.
7° Por último, se debe
comprender que, ya que el fin último de la Internacional es la
conquista de todos los derechos humanos para los trabajadores, por
medio de la organización de su solidaridad militante por encima de
todas las diferencias de oficios y las fronteras políticas y nacionales
de todos los países, la ley suprema, y por así decir, única que cada
uno se impone al entrar en esta saludable y formidable asociación, es
someterse y someter en lo sucesivo todos sus actos, voluntariamente,
apasionadamente, con plena consciencia de causa y en su propio interés
tanto como en el de sus hermanos de todo los países, a todas las
condiciones y exigencias de esta solidaridad.
He aquí los
verdaderos principios de la Internacional. Son tan amplios, tan
humanos, y al mismo tiempo tan simples, que es necesario ser un burgués
muy interesado en la conservación del monopolio, o estar muy
embrutecido por los prejuicios burgueses, para no comprenderlos y no
reconocer su perfecta justeza. Para falsificarlos, ha sido necesario
ser un demócrata socialista de la escuela de Marx. Pero no hay un solo
proletario auténtico, por poco cultivado o por muy ensordecido que esté
por esa masa de prejuicios religiosos y políticos que han hecho llover
sistemáticamente sobre su pobre cabeza, desde su más tierna infancia,
al que con un poco de paciencia y de buena voluntad, no se le pueda
hacer comprender todo esto en una conversación de algunas horas. Pues
desde ahora lleva todo esto en su instinto y en todas sus aspiraciones
cada día más desarrolladas por sus experiencias, por sus dolores
cotidianos. Explicándole esos principios, y deduciendo de ellos todas
las aplicaciones prácticas, no se hará más que dar una forma, un nombre
a eso que ellos son. Esto es lo que atraerá invenciblemente a la masa
del proletariado al seno de la Internacional, si la Internacional,
desarrollándose y organizándose siempre más, permanece fiel a la
simplicidad de su programa y a sus instituciones primitivas. No se
puede cometer falta mayor que pedir, sea a una cosa, sea a una
institución, sea un hombre, aquello que no pueden dar. Exigiendo más de
ellos, se los desmoraliza, se los impide, se los engaña, se los mata.
La Internacional, en poco tiempo, ha producido grandes resultados, ha
organizado y organizará cada día de una manera aún más formidable, al
proletariado para la lucha económica. ¿Es esta una razón para esperar
que puedan servirse de ella como instrumento de lucha política?
El señor Marx, por haberlo esperado, ha estado a punto de asesinar a la
Internacional, con su criminal tentativa de La Haya. Es la historia de
la gallina de los huevos de oro. Ante la llamada a la lucha económica,
las masas de trabajadores de diferentes países han acudido para
alinearse bajo la bandera de la Internacional, y Marx se ha imaginado
que las masas permanecerían en ella, ¿qué digo? que acudirían en
cantidades todavía más formidables cuando, cual nuevo Moisés, él
hubiera inscrito las sentencias de su decálogo político sobre nuestra
bandera, en el programa oficial y obligatorio de la Internacional.
Este ha sido su error. Las masas, sin diferencias de grado de cultura,
de creencias religiosas, de países ni de lenguas, han comprendido el
lenguaje de la Internacional, cuando ella ha hablado de su miseria, de
su sufrimiento y de su esclavitud bajo el yugo del capital y de la
propiedad explotadora; han comprendido cuando se les ha demostrado la
necesidad de unir sus esfuerzos en una gran lucha solidaria y común.
Pero he aquí que vienen a hablarles de un programa político muy
erudito, muy autoritario sobre todo, y que, en nombre de la salud,
vienen a imponerle, en esta Internacional que debía organizar su
emancipación por sus propios esfuerzos, un gobierno dictatorial,
provisional sin duda pero entre tanto, completamente arbitrario y
dirigido por un cerebro extraordinariamente dotado.
¡A que
grado de demencia hacía falta haber sido empujado, por ambición, por
vanidad, o por ambas cosas a la vez, para llegar a concebir la
esperanza de que se podría retener a las masas obreras de los
diferentes países de Europa y de América bajo la bandera de la
Internacional en esas condiciones!
Pero ¿acaso el éxito más
triunfal no ha dado la razón al señor Marx, y el Congreso de La Haya no
ha votado todo lo que él había pedido?
Nadie sabe mejor que
Marx en qué escasa medida las resoluciones votadas por ese desdichado
Congreso de La Haya expresan los pensamientos y las aspiraciones reales
de las Federaciones de todos los países. La composición y la
falsificación de ese Congreso le han costado mucho trabajo como para
que pueda hacerse la menor ilusión sobre su verdadero significado y
valor. Y, por otra parte, aunque él hubiera podido hacerse esta ilusión
por un instante, lo que pasa hoy en día es suficiente para disiparla de
inmediato. Excepto el partido de la democracia socialista de Alemania,
las Federaciones de todos los países, los americanos, los ingleses, los
holandeses, los belgas, los franceses, los suizos del Jura, los
españoles y los italianos protestan contra todas las resoluciones de
ese Congreso nefasto y vergonzoso, más aún, contra esta innoble intriga.
Pero dejemos de lado la cuestión moral, y consideremos solamente la
parte principal de la cuestión. Un programa político no tiene otro
valor que, saliendo de las vagas generalidades, determinar con
precisión lo que propone en lugar de aquello que quiere invertir o
transformar. Tal es, en efecto, el programa del señor Marx. Es un
andamiaje completo de instituciones económicas y políticas fuertemente
centralizadas y muy autoritarias, sancionadas sin duda, como todas las
instituciones despóticas de la sociedad moderna, por el sufragio
universal, pero no menos sometidas a un gobierno muy fuerte, para
emplear la expresión del propio señor Engels, el alter ego del señor
Marx, el confidente del legislador.
Pero ¿por qué es
precisamente ese el programa que se pretende introducir oficialmente,
obligatoriamente, en los estatutos de la Internacional? ¿Por qué no el
de los blanquistas? ¿Por qué no el nuestro? ¿Será porque Marx lo ha
inventado? No es una razón. ¿O bien porque los obreros de Alemania
parecen aceptarlo? Pero el programa anarquista es aceptado, con muy
escasas excepciones, por todas las federaciones latinas, y los eslavos
no aceptarán jamás otro. ¿Por qué pues el programa autoritario de los
alemanes deberá dominar en la Internacional, que ha sido creada por la
libertad y que no podrá jamás prosperar sino en la libertad? ¿Será
porque los ejércitos alemanes han estado a puntote conquistar Francia?
Pero ni siquiera esta sería una razón, más bien, al contrario, un
motivo para desconfiar de un programa que nos llegue hoy de Alemania.
¡Es el programa político aplaudido por una democracia socialista
semejante a la que, el Congreso de La Haya ha pretendido imponer a las
Federaciones libres de todos los países!
¡Es evidente que a
menos de querer tiranizar a las Federaciones de muchos países,
imponiéndoles ya sea por la violencia o por la intriga, o por ambos
medios a la vez, el programa político de un solo país, o, lo que es más
probable, a menos de disolver la Internacional, dividiéndola en muchas
partes, de las cuales cada una seguirá su propio programa político;
para salvar su integridad y para asegurar su prosperidad, no hay sino
un solo medio: el de mantener la eliminación primitiva de la cuestión
política del programa oficial y obligatorio, la Asociación
Internacional de Trabajadores, organizada no para la lucha política,
sino únicamente para la lucha económica y rechazando absolutamente por
sí misma el servir de instrumento político entre las manos de quien
sea. Es así que todas las veces que se quisiera emplearla como una
potencia política positiva en la lucha positivamente política de los
diferentes Partidos del Estado, la Asociación se desmoralizará
inmediatamente, se empequeñecerá, se encogerá y se disolverá de una
manera ostensible y acabará por fundirse completamente entre las manos
de aquellos que locamente imaginaron poseer ese poder.
Pero
entonces ¿estará prohibido ocuparse de las cuestiones políticas y
filosóficas en la Internacional? Haciendo abstracción de todo el
desarrollo que ha tenido lugar en el mundo del pensamiento tanto como
de los acontecimientos que acompañan o que siguen a la lucha política,
ya sea exterior o interior a los Estados, ¿la Internacional no se
ocupará más que de la cuestión económica? ¿Hará estadística comparada,
estudiará las leyes de la producción y de la distribución de las
riquezas, se ocupará exclusivamente de la reglamentación de los
salarios, reunirá fondos de resistencia, organizará huelgas locales,
nacionales e internacionales, constituirá localmente, nacionalmente,
internacionalmente los gremios y formará sociedades cooperativas de
crédito mutual, de consumo y de producción, en los momentos y en las
localidades y países donde creaciones semejantes sean posibles?
Una tal abstracción es absolutamente imposible. Esta preocupación
exclusiva por los intereses económicos, sería la muerte para el
proletariado. No cabe duda que la defensa y la organización de sus
intereses -cuestión de vida o muerte para ellos- debe de constituir la
base de toda acción actual. Pero le es imposible detenerse allí sin
renunciar a la humanidad, y sin privarse aún de la fuerza intelectual y
moral necesaria para la conquista de sus derechos económicos. No cabe
duda que en el estado miserable al cual se ve reducido ahora, la
primera cuestión que se le presenta es la de su pan cotidiano, del pan
de la familia; pero, más que todas las clases privilegiadas hoy en día,
es un ser humano en toda la plenitud de esa palabra, y como tal tiene
sed de dignidad, de justicia, de igualdad, de libertad, de humanidad y
de ciencia, y es consciente de la necesidad de conquistar todo esto al
mismo tiempo que el pleno goce del producto integral de su propio
trabajo. Pues si las cuestiones políticas y filosóficas no hubieran
sido planteadas en absoluto en la Internacional, infaliblemente las
plantearía el proletariado.
Entonces, ¿cómo resolver esta
aparente contradicción: por una parte las cuestiones filosóficas y
políticas deben ser excluidas del programa de la Internacional, y por
otra deben ser necesariamente discutidas?
Este problema se
resuelve a sí mismo por la libertad. Ninguna teoría filosófica o
política debe entrar, como fundamente esencial oficial, y como
condición obligatoria, en el programa de la Internacional, porque, como
acabamos de ver, toda teoría impuesta devendría, para el conjunto de
las Federaciones de las que se compone actualmente la Asociación, o
bien una causa de esclavitud, o bien una división y disolución no menos
desastrosas. Pero de aquí no se deduce que todas las cuestiones
políticas o filosóficas no puedan y deban ser libremente discutidas en
la Internacional. Por el contrario, es la existencia de una teoría
oficial la que mataría, volviéndola absolutamente inútil, la discusión
viva, es decir el desarrollo del pensamiento propio del mundo obrero.
Desde el momento en que hubiera una verdad oficial, científicamente
descubierta por el trabajo aislado de esta gran cabeza excepcionalmente
y por qué no también providencialmente dotada de materia gris, una
verdad anunciada e impuesta a todo el mundo desde lo alto del Sinaí
marxista, ¿para qué discutirla? No queda más que aprender de memoria
todos los artículos del nuevo decálogo.
Por el contrario, si
nadie tiene ni puede tener la pretensión de dar la verdad, se la busca.
¿Quién la busca? Todo el mundo, y sobre todo el proletariado que tiene
más sed y necesidad de ella que nadie.
Muchos no querrán creer
en esta búsqueda espontánea de la verdad política y filosófica por el
propio proletariado. Ahora voy a intentar demostrarles como esa
investigación se efectúa en el seno mismo de la Internacional.
Los trabajadores, he dicho, no entran en la Internacional y no se
organizan en ella, sino con un fin eminentemente práctico, el de la
reivindicación solidaria de la plenitud de sus derechos económicos
contra la explotación opresiva de la burguesía de todos los países.
Observad que por este solo hecho, inicialmente inconsciente si queréis,
el proletariado se ubica ya, bajo un doble aspecto, en una situación
muy decisivamente, pero también muy negativamente, política. Destruye,
por un lado, las fronteras políticas y toda la política internacional
de los Estados, en tanto fundada sobre las simpatías, la cooperación
voluntaria y el fanatismo patriótico de las masas sometidas y, por el
otro, profundiza el abismo entre la burguesía y el proletariado, y
sitúa a este último fuera de la acción del juego de todos los partidos
del Estado; o sea que al ponerlo fuera de toda política burguesa, lo
vuelve necesariamente contra ella.
He aquí pues una posición
política muy determinada, en la cual el proletariado se encuentra
ubicado, inconscientemente en principio como acabo de decirlo, por el
solo hecho de su adhesión a la Internacional. Es cierto que esta es una
posición política absolutamente negativa, y la gran falta, por no decir
la traición y el crimen, de los demócratas socialistas al encaminar al
proletariado de Alemania en las vías del programa marxista, es haber
querido transformar esta actitud negativa en una cooperación positiva a
la política de los burgueses.
La Internacional, poniendo así
al proletariado fuera de la política de los Estados del mundo burgués,
constituye un mundo nuevo, el mundo del proletariado solidario de todos
los países. Ese mundo es el mundo del futuro: es un por lado heredero
legitimo, pero al mismo tiempo el demoledor y el enterrador de todas
las civilizaciones históricas, privilegiadas, y como tales
completamente agotadas y condenadas a morir; por consecuencia el
creador obligado de una civilización nueva, fundada sobre la ruina de
todas las desigualdades. Tal es la misión, y por consecuencia tal es el
verdadero programa de la Internacional, no oficial -¡los dioses del
paraíso pagano y cristiano nos guarden!- sino implícito, inherente a su
organización misma.
Su programa oficial, lo repetiré mil
veces, es tan simple y en apariencia tan modesto: es la organización de
la solidaridad internacional para la lucha económica del trabajo contra
el capital. De esta base en principio exclusivamente material debe
surgir todo el mundo social, intelectual y moral nuevo. Para que ello
ocurra, es necesario que todos los pensamientos, todas las tendencias
filosóficas y políticas de la Internacional, naciendo del seno mismo
del proletariado, tengan como punto de partida principal, si no
exclusivo, esta reivindicación económica que constituye la esencia
misma y el fin manifiesto de la Internacional. ¿Es esto posible?
Sí, efectivamente lo es. Cualquiera que haya seguido el desarrollo de
la Internacional durante algunos años habrá podido percibir lo que
lentamente se efectúa, sin que sea demasiado evidente, ya
simultáneamente, ya sucesivamente, y siempre por tres vías diferentes,
pero indisolublemente unidas: en principio por la organización y
federación de los fondos de resistencia y la solidaridad internacional
de las huelgas; en segundo lugar, por la organización y federación
internacional de los gremios y finalmente por el desarrollo espontáneo
y directo de las ideas filosóficas y sociológicas en la Internacional,
acompañamiento inevitable y consecuencia por así decir forzada, de esos
dos primeros movimientos.
Consideremos ahora esas tres vías en
su acción especial, diferentes pero, como acabo de decirlo,
inseparables, y comencemos por la organización de los fondos de
resistencia y las huelgas.
Los fondos de resistencia tienen
por objeto único obtener los recursos necesarios para hacer posibles la
organización y el mantenimiento tan costoso de las huelgas, y la huelga
es el comienzo de la guerra social del proletariado contra la
burguesía, aún en los límites de la legalidad. Las huelgas son una vía
preciosa en un doble aspecto: porque, en primer lugar, electrizan a las
masas, templan su energía moral y despiertan en su seno el sentimiento
del antagonismo profundo que existe entre sus intereses y los de las
burguesía, mostrando cada vez más el abismo que les separará en los
sucesivo e irrevocablemente de esta clase; y, en segundo lugar, porque
contribuyen inmensamente a provocar y a constituir entre los
trabajadores de todos los oficios, de todas las localidades, de todos
los países, la conciencia y el hecho mismo de la solidaridad: doble
acción, una negativa y la otra completamente positiva, que tiende a
constituir directamente el nuevo mundo del proletariado, oponiéndolo de
una manera absoluta al mundo de la burguesía.
Es algo digno de
señalar que tanto el radicalismo como el socialismo burgués se han
declarado siempre antagonistas encarnizados del sistema de las huelgas
y han hecho y hacen todavía hoy en todas partes esfuerzos inimaginables
para desviar de ellas al proletariado. Mazzini no ha querido oír jamás
hablar de las huelgas; y si sus discípulos, por otra parte
probablemente desmoralizados, desorientados y desorganizados desde su
muerte, toman hoy en día, muy tímidamente por otra parte, su defensa,
es porque la propaganda de la Revolución social ha invadido hasta tal
punto a las masas italianas, y las reivindicaciones sociales se han
manifestado con tal potencia en las diferentes huelgas que han
estallado últimamente en muchos puntos de Italia a la vez, que ellos
han sentido que si se oponían más tiempo a ese movimiento irresistible
y formidable, se encontrarían muy pronto completamente solos.
Mazzini, con todos los radicales y los socialistas burgueses de Europa,
había tenido razón en condenar las huelgas -desde su punto de vista, se
entiende-. ¿Qué era lo que él quería?, ¿qué quieren todavía los
mazzinianos, que estimulan hoy el espíritu de conciliación hasta unirse
con los que se dicen radicales del Parlamento italiano? El
establecimiento de un gran Estado unitario, democrático y republicano.
Pero para establecer ese Estado, es necesario derribar primero el que
existe, y para ello el poderoso brazo del pueblo es indispensable. Una
vez que el pueblo haya rendido ese gran servicio a los políticos de la
escuela mazziniana, se los volverá a ver naturalmente en sus talleres o
en sus campos, para retomar allí su trabajo tan útil, bajo la égida no
ya paternal, sino fraternal, aunque igualmente autoritaria, del nuevo
gobierno republicano. Ahora es necesario, por el contrario, llamarlo a
la plaza pública. ¿Cómo sublevarlo?
¿Apelar a los instintos
socialistas? Es imposible. Este sería el medio más seguro para amotinar
contra sí y contra la república que sueñan a toda la clase de los
capitalistas y propietarios, y es precisamente con ellos con quienes se
quiere vivir y constituir un nuevo gobierno. No se establece un
gobierno regular con las masas bárbaras, ignorantes, anárquicas, sobre
todo cuando esas masas han sido soliviantadas en nombre de sus
reivindicaciones económicas por la pasión de la justicia, de la
igualdad y de su real libertad que es incompatible con cualquier
gobierno, sea el que sea. Es necesario, pues, evitar la cuestión
social, esforzarse por despertar en los trabajadores las pasiones
políticas y patrióticas, gracias a las cuales su corazón podrá batir el
unísono con el corazón de los burgueses, y su brazo estará dispuesto a
prestar a los políticos radicales de esta clase el servicio preciosos
que le demandan, el de derribar el gobierno de la monarquía.
Pero nosotros hemos visto que las huelgas tienen como primer efecto el
de destruir esta armonía conmovedora y tan provechosa a la burguesía,
recordando al proletariado que existe entre ella y él un abismo, y
despertando en su seno las pasiones socialistas que son absolutamente
incompatibles con las pasiones políticas y patrióticas. Por lo tanto,
Mazzini ha tenido mil veces razón; es necesario condenar las huelgas.
El se ha mostrado en esto mil veces más que los marxistas, jefes
actuales del partido de la democracia socialista en Alemania, que
también plantean como objetivo inmediato y primero de la agitación
legal de su partido la conquista del poder político, y que, en
consecuencia, como Mazzini, quieren servirse de la potencia muscular
del pueblo alemán, para conseguir ese poder, tan ardientemente
codiciado, y ofrecerlo sin duda a su jefe supremo, el dictador de la
Internacional, el señor Marx.
Hay actualmente entre el
programa político de los marxistas y el de los mazzinianos muchos más
puntos de semejanza de los que uno puede imaginarse, y no me
sorprendería en absoluto si Marx, decididamente rechazado por todos los
revolucionarios socialistas serios y sinceros de Italia, acabara por
sellar una alianza ofensiva y defensiva con el partido, con los
discípulos de su antagonista irreconciliable, Mazzini. Mazzini, a pesar
de todo su idealismo, tan profundo como sincero y que le hizo
despreciar los bienes materiales para sí mismo, y haciendo sin duda una
concesión necesaria a la brutalidad de las masas, les había hecho todas
las promesas económicas y sociales que les hace hoy en día el señor
Marx. Llegó incluso hablarles de la igualad económica y de derecho de
cada trabajador al producto integro de su trabajo. ¿Pero esta sola
palabra no contiene en efecto toda la Revolución social? Mazzini, por
las razones que acabo de exponer, no deseaba en lo absoluto, es cierto,
el antagonismo de las masas contra las clases. Pero Marx, ¿desea
sinceramente este antagonismo, que hace absolutamente imposible toda
participación de las masas en la acción política del Estado? Pues esta
acción, fuera de la burguesía, no es practicable; no es posible sino
cuando se desarrolla en concierto con un partido cualquiera de esta
clase y se deja dirigir por los burgueses. Marx no puede ignorar esto,
y por otra parte lo que pasa hoy en Ginebra, en Zurich, en Basilea, y
en toda Alemania, debería abrirle los ojos, si es que los tiene
cerrados sobre este punto, lo que realmente no creo. Me es imposible
creerlo luego de haber leído el discurso que hace poco ha pronunciado
en Amsterdad, y en el cual ha dicho que en ciertos países, quizás en
Holanda misma, la cuestión social podía ser resuelta pacíficamente,
legalmente, sin lucha, amigablemente, lo que significa que puede
resolverse por una serie de transacciones sucesivas, pacíficas,
voluntarias y sabias, entre la burguesía y el proletariado. Mazzini,
nunca ha dicho otra cosa.
En fin, Mazzini y Marx concuerdan
aún sobre este punto capital: que las grandes reformas sociales que
deben emancipar al proletariado no pueden ser realizadas sino por un
gran estado democrático, republicano, muy poderoso y fuertemente
centralizado, y que para la propia salud del pueblo, para poder darle
instrucción y bienestar, es necesario imponer, por medio de su propio
sufragio, un gobierno muy fuerte.
Entre Mazzini y Marx existe
no obstante una enorme diferencia y es en honor de Mazzini. Mazzini era
un creyente profundo, sincero, apasionado. Adoraba a Dios, al cual
refería todo lo que sentía, pensaba, hacía. En relación con su propia
persona, era el hombre más simple, más modesto, más despreocupado de sí
mismo. Su corazón desbordaba amor por la humanidad y benevolencia para
con todos. Pero se volvía implacable, furioso, cuando tocaban a su Dios.
Marx no cree en Dios, pero cree mucho en sí mismo, y lo remite todo a
sí mismo. Tiene el corazón lleno, no de amor, sino de hiel, y muy poca
benevolencia natural para con los hombres, lo que no le impide sin
embargo volverse tan furioso como Mazzini e infinitamente más feroz,
cuando se osa poner en cuestión la omnisciencia de la divinidad que él
adora, es decir el señor Marx mismo. Mazzini quería imponer a la
humanidad el yugo de Dios, Marx pretende imponer el suyo. Yo no quiero
ninguno de los dos, pero, si me veo forzado a elegir, prefiero al dios
mazziniano.
He creído mi deber dar esta explicación, para que
los discípulos y amigos de Mazzini no puedan acusarme de injuriar a su
maestro comparándolo con Marx. Vuelvo a mi tema.
He dicho pues
que, por todas las razones que acabo de exponer, no me asombraría si
pronto escuchamos hablar de una reconciliación, de un entendimiento, de
una alianza entre la agitación mazziniana y la intriga marxista en
Italia. Si no se realiza, será por culpa de los mazzinianos, no de
Marx. Entiendo que por poco que el partido marxista, el de la
democracia que se dice socialista, continúe marchando en la vía de las
reivindicaciones políticas, se verá forzado a condenar tarde o temprano
la de las reivindicaciones económicas, la vía de las huelgas, hasta tal
punto ambas son realmente incompatibles.
Hemos visto un
ejemplo contundente de esta incompatibilidad en 1870 en Ginebra, donde
habiendo estallado una gran huelga de obreros de la construcción antes
de la guerra, los internacionales ciudadanos de la “fábrica” luego de
haber sostenido y aún impulsado esta huelga durante algún tiempo por
ostentación, la hicieron cesar de golpe y casi por fuerza, en
detrimento de esos desdichados obreros, cuando los jefes del partido
radical burgués de Ginebra los intimaron a restablecer el orden. Hemos
visto igualmente , hace seis u ocho meses, también en Ginebra, a un
abogado perteneciente al partido radical y a la Internacional al mismo
tiempo, M. Amberny, aquel a quien Marx, en una carta que le ha
dirigido, agradece graciosamente por haber servido a la Internacional
de Ginebra, lo hemos visto garantizar públicamente, ante sus
conciudadanos burgueses, en nombre de la Internacional, que no habría
huelga alguna durante este año.
Se me objetará que en el país
donde la organización de las huelgas ha llegado a un grado de potencia
desconocido en otros países, me refiero a Inglaterra, los obreros,
lejos de permanecer indiferentes a las agitaciones políticas, se
interesan mucho en ellas, y se me dirá que la Liga para la conquista
del sufragio universal, fundada hace apenas seis años y compuesta en su
mayor parte de trabajadores manuales, forma ya el núcleo de una fuerza
política francamente popular y tan respetable que los ministros de Su
Majestad la reina en persona se ven obligados a contar y a parlamentar
con ella.
Todo esto constituye un hecho exclusivo, pero
patente, un hecho cuya importancia es imposible negar, por contrario
que sea a mis ideas generales. Hay muchos otros hechos aún que se
producen en ese mismo país y de una manera tan seria que uno se ve
forzado a aceptarlos, o al menos a tenerlos en consideración aunque en
apariencia, más que en realidad, se encuentran en completa oposición
con el desarrollo lógico de las ideas. Tal es por ejemplo la tendencia
manifiesta del proletariado inglés al establecimiento de un estado
comunista,
SE APROXIMA A 19ª PASSEATA RAULSEIXISTIKA
12:01 @ 14/07/2008
DIA 21 DE AGOSTO
QUINTA-FEIRA
19ª PASSEATA- HOMENAGEM A RAUL SEIXAS
CONCENTRAÇÃO NA PRAÇA RAMOS DE AZEVEDO
NAS ESCADARIAS DO MUNICIPAL
16 HS
VIVA A SOCIEDADE @!
http://videolog.uol.com.br/video.php?id=160086
Professora da UFMT lança livro sobre Raul Seixa
12:09 @ 14/07/2008
Professora da UFMT lança livro sobre Raul Seixas
A publicação é uma adaptação da dissertação do mestrado em História, da professora Juliana, sobre o cantor Raul Seixas, realizado na Universidade Estadual Paulista (Unesp). Na obra, a autora procura contar a história dos movimentos culturais brasileiros por meio da trajetória do cantor, seus diálogos com os movimentos culturais e políticos, e sua relação com a imprensa e as críticas que contribuíram na formação do mito em torno de seu nome.
A professora também realiza uma análise da discografia oficial do cantor em mais de duas décadas de produção "procurando compreender como seus fãs se reapropriam de seu discurso dando significados específicos em suas vidas particulares", afirma a autora. No trabalho de pesquisa, além de levantar o material produzido pelo cantor, matérias publicadas, curtas metragens e cartas de fãs, a autora entrevistou amigos, parceiros, presidentes de fã-clubes e outros divulgadores da obra de Raul.
Juliana Abonizio é doutora em Sociologia pela Unesp, é professora do Departamento de Sociologia e Ciência Política e do Mestrado ECCO (Estudos de Cultura Contemporânea), e ocupa a função de Coordenadora de Ensino de Graduação em Ciências Sociais.
http://www.gazetadigital.com.br/digital.php?codigo=66434&GED=6087&GEDDATA=2008-07-04&UGID=c5e7373cf50ec61ba0838e4881a04a48
19ª PASSEATA-HOMENAGEM A RAULROCK SEIXAS
18:28 @ 25/07/2008
RAUL SEIXAS, O ANARKISTA!
18:36 @ 25/07/2008
PREPARANDO A19ª PASSEATA-HOMENAGEM A RAUL SEIXAS
18:44 @ 25/07/2008

Em 1972 o até então desconhecido cantor baiano Raul Seixas saiu pelas ruas do centro da cidade do Rio de Janeiro munido de um violão, executando sua recém-criada canção “ouro tolo”. A idéia de Paulo Coelho, amigo do cantor na época, foi uma estratégia usada para divulgar o primeiro disco solo de sua carreira, o clássico: “Krig-há, bandolo”. Raul conseguiu arrastar uma multidão, a passeata virou noticia e a canção “ouro tolo” virou hit. A atitude de Raul levou alguns de seus fãs, da cidade de São Paulo a organizar uma caminhada pelas ruas do centro para homenagea-lo. Bancaram do próprio bolso os poucos panfletos para divulgar a passeata e o preço do aluguel do carro de som para guia-los do Teatro Municipal até a praça da Sé. A primeira passeata aconteceu no dia 21 agosto DER 1989,QUANDO O OS RAULSEIXISTAS EXIGIRAM QUE O CORPO FOSSE CONDUZIDO EM CARRODOCORPO DE BOMBEIRO E SEGUIDO EMMARCHA PELOS FÃS- que fizeram uma ocupação, controlando as entradas e enfrentando a Tropa de Choque da PM, até que viesse o caminhão dos bombeiros esaisse a Passeata. A partir de 1990, um após a morte de Raul Seixas, asPasseatas-Homenagem mantem o mesmo programa desde a 1ª: 16 horas - Concentração nas Escadarias doTeatro Municipal, 18 horas - saída da Passeata até a Praça da Sé, onde prossegue até a adrugada.
Ainda sem patrocínio e com pouca divulgação, sósias do cantor fantasiados de mago, admiradores, membros de fã-clubes uniram-se aos metaleiros e punks para ocupar na tarde da ultima terça-feira as escadarias do Teatro Municipal e fazer o mesmo trajeto pela décima oitava vez. Ambos estudantes,Aline Munhoz, 21, e seu irmão Orlando, vieram da cidade de Campinas participar da passeata pela quarta vez: “faltamos no trabalho para vir porque Raul merece”.
Cerca de 5000 pessoas fizeram o percurso que teve inicio às 18 hs e seguiu ocupando uma faixa do Viaduto do Chá - complicando o trânsito por alguns minutos na rua Libero Badaró, Largo São Francisco e rua Benjamim Constant – até a Praça da Sé, onde o carro de som estacionou e a multidão permaneceu nas escadarias da catedral. Uma enorme bandeira com o símbolo da “sociedade alternativa” que era levada pelos fãs, foi estendida nas portarias da catedral.
Durante o percurso muitos vendedores ambulantes aproveitavam a ocasião para lucrar com a venda de bebidas alcoólicas. O segurança Nélio Santos, 35, carregava “A panela do Raul”, uma vasilha de metal, minunciosamente pintada contendo uma mistura de cerveja, vinho, cortezano, conhaque e vodka. “Essa bebida simboliza toda a arte de Raul Seixas”.
Esse ano “PASSEATA DO RAUL” entrou para o calendário cultural da prefeitura de São Paulo. Mas contina autônoma, como deve ser a Sociedade Alternativa.
VIVA A SOCIEDADE @!

